Blog de D. Javier

¡Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero!

Homilía del domingo XXXII del Tiempo Ordinario (ciclo B)

Rezando con el Evangelio de Marcos que la liturgia nos regala hoy, llama la atención que Jesús se dedica a juzgar. Se sienta y condena la hipocresía de quienes se creen buenos y, bajo capa de bien, hacen el mal a los demás; mientras se maravilla ante la ofrenda humilde y heroica de la pobre viuda. Claro, es Jesús y lo hace con la conciencia de ser el único que puede hacerlo, pero, ¿quién de nosotros no se ve siendo como los escribas a veces? Es decir, juzgando y aparentando ser lo que no son y atribuyéndose honores, respecto a uno mismo y a los demás, que sólo pertenecen a Dios.

Lo primero a decir es algo que se nos olvida a menudo: Dios juzga. Mejor dicho: juzgará el día del juicio particular, aquel en que se nos pedirá cuentas de los talentos recibidos y puestos en juego; de cada vez que Jesús pasaba a nuestro lado disfrazado de prójimo; nos examinarán del perdón y, como decía san Juan de la Cruz, del amor. Pero el juicio no debe ser objeto de nuestro temor insano, ese que quita la paz del alma y que procede del Maligno. Más bien debemos implorar el temor de Dios, que es ese don del Espíritu Santo que nos produce dolor y temor por ofenderle... pero por amor. Como cuando tememos dañar a un ser querido.

A Jesús, como aquel a quien se le ha dado potestad para juzgar, al ser Dios, se le concede el don de ver incluso los corazones y las conciencias. Pero nosotros no. No somos ni Jesús ni tenemos el don como el cura de Ars o el Padre Pío. De hecho, ¡ni siquiera nosotros nos conocemos a nosotros mismos! Como para poder juzgar a los demás...

Pero hay que decir una obviedad: nos pasamos haciendo juicios permanentemente, pues es inevitable hacerlo, ya que forma parte de la estructura cognoscitiva humana. Pero, por eso mismo, hay que armarnos de virtudes para hacerlo conforme al sentir de Dios y de su Iglesia. ¿Cómo? Hablar de dos actitudes que nos acercan a juzgar como Dios quiere.

1. Visión sobrenatural. Lo vemos en cómo Jesús mira a la viuda a la que alaba. No se trata de lo que ven los ojos, lo exterior, sino lo interior. Nosotros no leemos corazones, pero podemos razonar en positivo en nuestro interior sobre los demás. Hoy conmemoramos el 100 aniversario del comienzo de la IGM. Algo de esto pasó: juicios y más juicios, desconfianzas, intrigas… hay un libro, Sonámbulos, de Christopher Clark, que explica muy bien los 40 años previos a la Gran Guerra y uno se da cuenta de eso. ¡Qué poca altura de miras y cuánta basura en los corazones! Y, al final, tras el atentado sobre el archiduque Francisco Fernando, declaraciones de guerra por doquier para, cuatro años más tarde, tener 10 millones de caídos en combate tirados por casi toda Europa.

Imploremos el don al Espíritu de tener los mismos sentimientos de Cristo: que todos seamos uno, como el Padre y Él son uno. Este es un gran criterio de discernimiento: lo que genera división y crispación es demoníaco.

2. Humildad. Parafraseando a santa Teresa, humildad es andar en verdad, teniéndonos como miseria y nada. Y, añade: “quien esto no entiende, anda en mentira”. Este es el primer juicio que hay que hacer, y es sobre nosotros mismos. Luchemos por no creernos como esos escribas y fariseos de amplios ropajes o aparentes grandes tributos. El lugar para conseguirlo es la confesión, que, como decía el papa León XIII, es el acto de humildad más sublime. Precedida, claro está, de un buen examen de conciencia. Así podremos vivir nuestras miserias desde la misericordia del buen Dios y no desde los juicios humanos. O en la Eucaristía, donde contemplamos al Dios humilde que se abaja soberanamente para darse a nosotros.

Humildad es vivir con la certeza de que todo se nos es dado como don y que, por tanto, si Dios lo dispusiera o permitiera, se nos sería arrebatado. Nuestra actitud debiera ser la de Job, que, cuando cae en desgracia, dice: “el Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor”. Es la actitud de la viuda que deposita su ofrenda en el Templo y de la mujer que auxilia a Elías: dan de lo que necesitan, da de aquello que les es necesario para vivir porque no lo retienen como propio, sino como recibido de Dios. A Él siempre la gloria, los bienes, las riquezas, nuestro haber, nuestro poseer, nuestro querer, nuestro amar, nuestra vida.

Propósito para la semana: rezar cada día por alguna persona a la que hayamos juzgado desde parámetros humanos. Rezar por ellos y pedir ser capaz de querer a estas personas más y mejor.


Homilía del domingo XXXI del Tiempo Ordinario (ciclo B)

Las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy, junto al mandato de la primera lectura, son el resumen más perfecto de la Escritura y constituyen el anhelo más profundo del corazón de Dios para el hombre: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzasy al prójimo como a ti mismo. Y, si ese es el anhelo más profundo del corazón de Dios, estamos ante la plenitud de las plenitudes para el corazón del hombre.

Antes de Jesús ya existía este doble mandato, pero es Él quien revela que, en realidad, son uno solo. Lo hace con su vida, con su testimonio y, de una manera plena y gráfica en la cruz, donde los brazos vertical y horizontal quieren expresar este abrazo de amor infinito de aquel que, siendo Dios, es también hombre. En cualquier caso, hoy vamos a intentar dar un poco de luz, por separado, a cada parte de este único mandato.

Primero vamos a detenernos en la exigencia del cristiano de amar con todo lo que uno pueda a Dios, que revela el hecho de que no hay lugar que nos pueda estar reservado a nosotros si Él nos lo exigiera. Ni siquiera la propia vida. Y, ¿por qué? Porque todo se nos es dado como don y tarea en los mandamientos, la fe de la Iglesia y demás. Y, ojo, que Dios advierte al pueblo, lejos de todo buenismo: esmérate en practicarlos.

Para ser cristiano hay que poner toda la vida en juego, no valen términos medios. Y no se trata de ser enérgicos o vehementes, sino amantes e íntegros. Como san Pedro, poniendo lo que somos y tenemos, desde el Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero. Sólo desde la integridad de la fe el hombre puede descubrir de verdad el infinito atractivo que tiene Dios, también sobre el hombre moderno. Por eso las iglesias que licúan la fe y el dogma acaban vacías, porque, si jugamos a ser guays, el mundo de ahí fuera tiene muchos más argumentos para ello. Se puede sostener un tiempo, pero sin radicalidad evangélica, en unos años se pierde la fe que no está construida sobre la roca del encuentro con Jesucristo.

Debemos proponer con valentía y honestidad el ideal cristiano, manteniendo la doctrinal moral católica, también. De hecho, honestamente, creo que los jóvenes, con su idealismo propio, si no es en radicalidad, poco acabarán siguiendo al Señor y les pasará como al joven rico, que por no vivir su fe en plenitud acabarán yéndose con una tristeza que, tarde o temprano, acaba siendo manifiesta. Y que les lleva a intentar llenar su corazón en lo primero que pillan. Por algo sucede que aquellos movimientos eclesiales que más inciden en Jesús, en el dogma y en la fe vivida, hecha cabeza y corazón, de fe cerebral y fe cordial, son quienes más vocaciones tienen. Abajo la mediocridad: todo el corazón, toda el alma y todas las fuerzas para el Señor. ¡Urge ser valientes!

Y la gran valentía, además de con el testimonio de la coherencia de la vida cristiana, de la confesión de fe, con las obras y, si fuera preciso, con las palabras, se pone de manifiesto en el trato con los demás, con los hijos del buen Dios, con nuestros hermanos. Podríamos hablar de mil cosas, pero hoy lo haremos muy brevemente del perdón.

El perdón es el que nos permite volver a crear las relaciones humanas e, incluso, con nosotros mismos; la decisión del perdón es lo que nos permite aceptar el abrazo de Dios sobre nosotros y levantar el yugo que pesa, tantas veces, sobre los demás. El perdón es el rostro de Cristo en la Cruz; el perdón son las palabras del Señor ahí: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. El perdón, lo cristiano, es comprender que los demás se equivocan, igual que yo. Perdonar es renunciar a la venganza, incluso cuando han hecho daño a quienes más queremos. Perdonar es no hacer como quien nos han hecho daño. Perdonar es dejar la justicia en manos de Dios. Claro que la naturaleza humana se rebela y por sí misma no es capaz, pero es ahí donde interviene el Señor y, por gracia del Espíritu Santo, nos unimos a ese clamor del Señor: perdónalos, porque no saben lo que hacen.

Esta semana vamos a pensar en esas personas en quienes podemos vivir el doble mandamiento: esas que nos han hecho daño, pero a quienes vamos a intentar amar poniéndolas, precisamente, en manos de Dios, a quien amamos sobre todas las cosas y por quien perdonamos negándonos a nosotros mismos como Jesús se negó en la cruz.


Homilía en la Solemnidad de Todos los Santos:

La solemnidad de Todos los Santos es un día, sin duda, para subrayar la esperanza cristiana: ¡Hay gente como nosotros, muchos como nosotros, que llega al Cielo! Podríamos hoy hablar de muchas cosas, pero nos vamos a fijar en la segunda lectura para descubrir en ella una triple dimensión de la santidad que nos puede recentrar bastante en nuestro camino al Cielo.

Lo primero que viene a decir san Juan es que hemos conocido el amor de Dios y que debemos mirarlo desde la perspectiva de los hijos que somos. Un santo es una persona que vive en los brazos de Dios, que se deja guiar por Él, que respeta la inmensidad de Dios y se estremece ante la indignidad de que todo un Dios se abaje a nosotros, intervenga en nuestra vida y nos cuide como sólo Él lo hace. El santo, aunque se sepa pecador y, a veces, le pese, camina ultreia et suseia por la vida con la certeza y la necesidad de la misericordia de Dios; esa que, como os decía el domingo, es el encuentro de Dios con la debilidad de los hombres, el abrazo de Dios a la pequeñez del hombre y en el que el hombre puede descansar de verdad su corazón.

Ser santo no es ser la perfección con patas. La virgen María fue santa porque no pecó, no porque no se equivocara en nada. ¡Alguna vez se le pegaría la comida y esas cosas! Son cosas distintas y que no podemos confundir. El santo es el que ha dejado su fragilidad en manos de Dios, el que deja a Dios mirar su humildad, como dice María en el Magníficat. El santo es el que es consciente de que lleva un tesoro en una vasija de barro que necesita ser cuidada con delicadeza para no romperse y, a veces, precisa ser reparado y se alegra porque reconoce en su reparación el amor de Dios sobre él. El corazón no es de quien lo destroza, sino de quien lo repara: descubrir que es el Señor quien lo hace es lo más grande.

Conocer el amor de Dios nos lleva a una segunda cosa: luchar contra el mundo y aceptar la necesidad de una purificación continua. Y esto sólo se puede hacer si vivimos del amor de Dios, si lo hemos conocido de veras, si hemos hallado el rastro de Dios, la huella del buen Dios, por nuestro camino. Vivir el amor no es ser estoico, no es creer que Dios nos pide aguantar lo que se nos eche sin más, como si Dios fuera un agente externo que no tuviera en cuenta nuestras circunstancias. No se trata de creer que debemos ser como chicles: estirarnos y estirarnos creyendo ser irrompibles sin darnos cuenta que vamos perdiendo flexibilidad, sin caer en la cuenta de que esto provoca que perdamos defensas y nos acabemos rompiendo. Por tanto, como le digo mucho a los jóvenes, urge ser conscientes de que estamos en lucha y que eso requiere saber medir nuestras fuerzas. En palabras de Jesús: ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para acabarla?

Y tras prepararnos para la batalla, ¿adónde ir? Muy sencillo: a ese futuro inefable en el que seremos semejantes a Jesús, uno con Dios y con los hermanos. ¡Esto es increíble, pero es nuestra esperanza y certeza en la fe! El amor humano no lo puede lograr, porque no somos capaces de fusionarnos con la persona amada tal y como desearíamos a veces. Funcionamos en la dinámica del ‘yo’ y el ‘tú’, pero, en el Espíritu Santo, igual que sucede en la Trinidad, aun siendo personas diferentes, viviremos en una unidad maravillosa de amor. Con Dios, con nuestros seres queridos. Pensad en vuestros abuelos, padres, hermanos, maridos, mujeres… ser uno con ellos, como lo fuisteis aquí… ¡pues no! De un modo muy superior en el que no habrá espacio para el pecado y la ausencia de bien. ¿No merece la pena luchar por vivir de este amor? Un amor se concreta en las bienaventuranzas, que son el rostro de Dios. Si hubiera que dibujar, como hacen los policías con los criminales, el rostro de Jesús, habría que mencionar los adjetivos que hemos escuchado. Son la verdadera radiografía de su ser y sólo se entienden si se ha conocido el Evangelio, si se ha visto, como decía al principio, cómo Dios nos ha amado.

Paraos delante del sagrario, con el Evangelio en la mano, a buscar el paso de Dios por vuestras vidas. ¡Buscad situaciones análogas! Cómo Dios me resucitó cuando no podía más y parecía muerto; cómo Dios me envió un buen samaritano cuando no podía caminar; cómo Dios me regaló tal felicidad que parecía que caminaba sobre las aguas; cómo tuve gente que lloró conmigo en la pena, como Jesús junto a Marta y María a la muerte de Lázaro. Y podríamos seguir. En fin, que el santo es, sobre todo, quien reconoce a Jesús en su vida, disfrazado en los demás y vive desde esa confianza y gratitud en Dios. En sus brazos.


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