Blog de D. Javier

¡Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero!

Homilía de la Solemnidad de Santa María, madre de Dios

Celebramos la Solemnidad de Santa María, madre de Dios. Una fiesta en la que la Iglesia nos recuerda ese precioso dogma proclamado en Éfeso en el año 431 y su importancia para la vida, ya no sólo del Señor, obviamente, sino de cada uno de nosotros. No obstante Jesús quiso entregárnosla como madre en la cruz antes de morir. Por tanto, Como hablar de María es hablar de maternidad y de la mujer.

Y hoy conviene resaltar una vez más el papel de la mujer como ser absolutamente imprescindible para Dios y para el cristiano. Ahora bien, de la mujer se pide una sola cosa que se está perdiendo socialmente de vista: la mujer debe ser reflejo del amor de Dios, pues ella está creada, igual que el hombre, a imagen de Dios. Por tanto, mujeres, hombres, no caigamos en el terrible error de pretender masculinizar a la mujer, como hacen ciertos feminismos radicales. ¡La mujer debe ser reflejo de la maternidad de Dios! La madre, igual que hemos leído en la primera lectura, debe ser aquella que ilumina, con su rostro, al hijo. Y que lo haga de tal modo que ahí se puede reconocer la bondad del buen Dios, que es quien nos regala a nuestras madres. Una buena madre es un argumento para creer en Dios.

Porque, precisamente, la maternidad es lo que nos diferencia radicalmente a hombres y mujeres. Es lo más específico de la mujer y su plenitud de su vocación, ya sea en el plano de la maternidad biológica o espiritual. Hay quienes dicen que ser madre es esclavizarse, pero lo cierto es que no hay mayor esclavitud que quien vive por y para el trabajo o por lo que el vaivén de sentimientos le lleve, olvidándose de aquello para lo cual está hecho.

Dice el Evangelio que María iba conservando todas las cosas que sucedían y no entendía, meditándolas en su corazón. He ahí otro gran aspecto de la maternidad: una madre es la que sabe esperar, la que ora por su familia, la que vive por ella. A mí me emociona ver cómo esas madres que, tantas veces, sufren al ver cómo sus hijos o sus nietos toman caminos errados. Eso es amor. La pena es que no todo el mundo toma el camino de santa Mónica y confía en el Señor. Por eso hay que pedir mucho el don de la fe y de la esperanza. La madre es, en definitiva, la que nos muestra quizás mejor que nadie la paciencia de Dios para con sus hijos. No voy a decir que los hombres no tengan que ser pacientes, pero lo cierto es que los hombres, generalmente, tienen más fuerza; las mujeres, por contra, más fortaleza.

Y un tercer aspecto de la maternidad que vemos en las lecturas es cómo la madre, a imagen de María, es la que quiere lo mejor para su hijo. Lo mejor, que no lo que quiera el hijo sin más o lo que a ella le apetezca. Ya vimos cómo se pone en marcha junto a José hacia Belén y, ahora, cómo se lleva a circuncidar al niño y cumple la ley. Es mujer de fe, la que pone el creer por encima del comprender y, creyendo, acaba comprendiendo cada vez con más profundidad; María es la mujer obediente al amor que tiene por Dios y por su familia, es la esclava del Señor, es la esclava del amor. Y eso le lleva a decirse que no cuantas veces haga falta. Por eso María irá, como madre, y una vez su esposo ha faltado, al auxilio de su hijo. Pero sin querer manejarlo, sino respetando y aceptando, aunque no entendiera, su camino. Y ahí es donde encontró su plenitud: diciéndose que no, negándose a sí misma. Y sin querer ser su amiga, sino siendo su madre, respetando el camino emprendido por el hijo aunque no entendiera. Una madre o un padre que son amigos de sus hijos, les están dejando huérfanos.

Podríamos decir mil cosas más, como casi siempre, pero con esto basta. Los cristianos debemos rescatar con urgencia el significado profundo de la maternidad y esta debe ser una de las grandes batallas del siglo XXI. Dicen que, detrás de todo gran hombre, hay una gran mujer. En Jesús y en María lo vemos. Cuidemos esta semana especialmente estos tres aspectos de la maternidad: ser reflejo de la maternidad de Dios que ilumina nuestras vidas, ser reflejo de la paciencia de Dios y saber decirse que no en pos de un gran sí de amor a Dios y a la familia. Si eres esposo, ayudando a la esposa a desarrollar la maternidad; si eres hijo, hónrala; si eres madre, ánimo, mira a María y pídele ser cada día un poco más como ella. Ahí está la plenitud.

Homilía de la fiesta de la Sagrada Familia (año C)

Celebramos el domingo de la Sagrada Familia; y lo hacemos en un contexto en el que la familia que llaman tradicional, está en crisis. Bueno, es un error llamarla así: más bien es la familia natural, la querida por el Creador a imagen de sí mismo y de su amor.

Hoy día urge algo fundamental: hay que proteger los matrimonios; y ya desde el noviazgo: no vale un buen noviazgo, sino uno santo, bien formado en cabeza y corazón y madurado en unidad. Una vez ya en el matrimonio hay que decir que lo primero es el cónyuge y luego vienen los hijos. De hecho, lo que necesitan los hijos es el amor entre los padres en primer lugar. Una ruptura es una ruptura de sus orígenes, es la ruptura del amor que les trajo al mundo, son sus raíces. Y la ruptura de su naturaleza, que es familiar, como Dios es familia y Jesús vino en el seno de una familia.

Y la familia es fundamental en cada una de sus partes: es necesario el esposo y padre: expresión de reciedumbre, de fuerza, de entrega generosa, generalmente fuera del hogar. Pero también de seguridad, de confianza, de sabiduría, de consejo. Por eso ser esposo y padre no es tontería: hay que esforzarse por ello y hay que negarse cada día. ¡Miremos el ejemplo de quienes se fueron a Egipto! Y el esposo y padre debe negarse en algo tan importante como la opinión exclusiva y el imperativo particular. No y no. Hay que hablar con la esposa sobre las decisiones familiares y ser una sola voz ante los hijos.

Y qué decir de la mujer: esposa, madre, ternura, vientre en el que los hijos empiezan a existir, brazos en los que los hijos reposan de pequeños y descansan los esposos, ser que alimenta a los niños en su etapa de lactancia. Papel absolutamente insustituible y que ninguna artificialidad puede sustituir: el calor de una madre es insustituible desde el momento mismo de la concepción. Pero también los de una esposa que vive por y para su marido, como éste debe hacer lo propio por ella. En fin, que la madre es condición absolutamente necesaria para el óptimo desarrollo de la familia, tanto del esposo, que encuentra en ella su santificación, como de los hijos, que tienen en ella, ya no sólo una madre, sino también una maestra de vida, que no una amiga.

Los buenos padres son los que entregan a los hijos, en primer lugar, el amor entre ellos contra viento y marea, a imagen de cómo Cristo se entregó a su Iglesia. Esto significa el matrimonio para san Pablo.

Y los hijos. Que tienen, en primer lugar, derecho a nacer, a vivir, cada uno en su modo y condición; que tienen derecho a disfrutar de una maternidad y de una paternidad, que tienen derecho, en definitiva, a una familia. Tienen derecho a poder vivir la plenitud que Dios nos regala en el cuarto mandamiento de la ley de Dios. Es decir, ¡tienen derecho a amar a su padre y a su madre! Y nadie se lo puede arrebatar.

Es cierto que luego la vida dificulta por muchas razones esta vivencia natural de las cosas. Hay fallecimientos, hay casos que son entendibles, pero no podemos renunciar a la verdad de las cosas por mero sentimentalismo. Y os lo dice uno cuyos padres están divorciados y re-casados. Os digo que no, que no y que no. Hay que luchar a muerte por la familia: padre y madre en apertura a la vida.

En este sentido, además de plantear la lucha en casa, no podemos olvidar la educación. Obviamente debe empezar en casa, pero también hay que cuidar mucho dónde mandamos a los hijos y se hace urgente dar prioridad a la formación humana y espiritual sobre la académica muchas veces. No olvidéis esta dimensión, si bien, claro está, lo más importante es la educación en casa y el amor de los padres.

En fin, los cristianos parece que casi estamos solos ante este reto, pero no podemos renunciar a la plenitud que Cristo nos ha traído. Ojalá estos días cuidemos especialmente a vuestros familiares más cercanos.

Homilía de la solemnidad de la Natividad del Señor (año C)

Cuando queremos muchísimo a alguien, especialmente si se trata de alguien pequeño, como un bebé o una criatura indefensa, habitualmente sentimos unas ganas locas de abrazarlo con todas nuestras fuerzas, de achucharlo de tal modo que, si no paramos, lo aplastamos. Sentimos la necesidad de darle besos y más besos, casi, casi, con todas nuestras fuerzas. En definitiva, queremos hacernos una y la misma cosa con la persona amada. Esto pasa, sobre todo, con los hijos, los sobrinos en mi caso, etc. Y no olvidemos que, sin ir más lejos, el matrimonio es esto: hacerse una sola carne con el cónyuge.

La Natividad del Señor tiene mucho que ver con esto. La Encarnación y nacimiento del Mesías, su asunción de la naturaleza humana, podemos verla como ese momento en que Dios ya no puede más y, por amor a los hombres, decide hacerse una y la misma cosa con nosotros, que vivíamos sin remedio en el pecado. Podríamos decir ahora: claro, él puede hacerse como nosotros y nosotros no como Él. Parecería injusto, pero debemos entender que Dios es Dios y, sobre todo, que este hacerse hombre del Verbo de Dios lo que permite, también, es el camino de vuelta: a través de la unión con Él, con Jesús, con quien es la luz de los hombres, podemos entrar en el misterio divino. Recordad sus palabras: Yo soy el camino.

Por eso, la Navidad es tiempo de unirnos a Dios allí donde Él se ha mostrado, que es en la humildad de Belén. Podemos imaginarnos a María en un día así. En cómo ella, al mirar el rostro del niño, contempla al que es la “manifestación del Dios vivo”. Vemos que cuando su corazón se desborda, el río de sus sentimientos fluye hacia su hijo Jesús, que el Señor y que ha venido en virtud de un amor redentor. Cuando cuida a esa tierna vida, cuida al Señor que se ha revestido de la debilidad humana. Es muy fuerte.

La cuestión es cómo actualizar esto y dónde podemos vivir el significado más profundo de la Navidad en toda su grandeza. Y la respuesta es la Eucaristía, que es la venida diaria de Jesús, no histórica hace más de 2000 años, sino actual, que es el lugar donde nos podemos hacer como Él de un modo análogo al cómo Él se hizo uno de nosotros, como decía antes.

Y os lo voy a intentar demostrar desde uno de esos secretos que guarda la Escritura: ¿Sabéis qué significa la palabra Belén? El término procede del hebreo Beth-Lehem que significa Casa del pan. Y, ¿sabéis qué palabra deriva del término pesebre? Patena. La ecuación ya está resuelta: el lugar propio de la Navidad es aquel en que la patena se hace casa para el pan. Por eso os animo a que vivamos esta octava de Navidad desde la Eucaristía, descubriendo las grandezas diarias del buen Dios que supera toda lógica humana y que ya no sólo es que haga hombre, es que toma la apariencia de simple pan para dar la vida al mundo. Tanta humildad, tanta grandeza sí es digna de adoración, sí es digna de recibir nuestras vidas entregadas por Él y por su amor. ¡Feliz Navidad!


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