Blog de D. Javier

¡Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero! (Jn. 21, 17)

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Domingo IV del tiempo de Pascua 

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (2,20-25):
Queridos hermanos: Que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios.
Pues para esto habéis sido llamados, porque también Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca. Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente. Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados. Pues andabais errantes como ovejas, pero ahora os habéis convertido al pastor y guardián de vuestras almas.
Palabra de Dios
Comentario a la lectura
La segunda lectura de la misa de este domingo es, verdaderamente, preciosa: es el recuerdo entrañable de una contemplación de un anciano san Pedro de la Pasión del Señor.
Podríamos hablar de muchas cosas, pero hay una cosa que el Señor cumplió a rajatabla y que, por decirlo de algún modo, no es que esté muy de moda últimamente: dice la verdad y la soporta con todas las consecuencias: "No encontraron engaño en su boca".
¿No estáis hartos de bulos, de fake news y de confrontaciones políticas y mediáticas cada día más encarnizadas? Incluso vemos cómo algunas personas buenas pierden el norte y se ponen a defender cosas aparentemente buenas pero que son falsas, que son mentira, pues se crean con la intención de engañar. Y tantos que luego, de buena fe, los difunden, permitiendo que ese engaño crezca. Pero, ante esto, debemos recordar dos cosas: que el fin no justifica los medios y que la mentira sólo tiene un padre: Satanás. 
Todo el que es de Dios habla la verdad; Jesús ha dicho que Él es la verdad y lo demostró; el Señor murió por proclamarla; la verdad es la luz, la mentira es la tiniebla, y Cristo dijo que Él es la luz. Así podríamos seguir, pero el mensaje de hoy está claro: ¡Basta de mentiras! ¡A las mentiras (que por otra parte son demasiado evidentes en muchos casos) no se responde con otra cosa que no sea verdad, bien y belleza!
Claro que este camino es sufrido, que la verdad duele, que hay quien quiere -y lo lleva a cabo- responder a la mentira con más mentira, como decía. Pero esto sólo hace que la bola de mal crezca y crezca, para alimento del demonio, que va captando nuevos hijos para su causa mentirosa. Por eso, ante la mentira, caridad.
Lo nuestro es imitar al Señor y procurar amar la verdad con todas sus consecuencias, rechazar vicios demoníacos como la mentira, el odio, el rencor, la venganza, etc. Rechacemos todo esto. San Pedro nos recuerda con lucidez cómo era el Señor. Y ÉL y sólo EL es nuestro modelo a seguir: no devolvía el insulto, decía la verdad y se ponía en manos de Dios, del que juzga justamente. Quien quiera caminar a la condenación eterna o a un purgatorio demasiado largo y duro, que mienta, que se ponga en el lugar de Dios y juzgue, que insulte. Insisto, Jesús dejó bien claro quién era el padre de la mentira. No caigamos en esos brazos y huyamos a los de quien es la Verdad.
Salgámonos de esta bola de mal que nos amenaza en estos tiempos de confrontación y la paz de Cristo entrará en nuestros corazones. De lo contrario, la ideología los irá destrozando poco a poco provocando la familiaridad y la justificación de lo que es un acto intrínsecamente malo. Y, ojo, esta familiaridad con el mal, que acaba omnipresente, dificulta la comprensión de la misericordia de Dios (hay gente que se piensa que no tiene ni remedio ni perdón, por desgracia, cosa que es un triunfo 'del de Abajo'). También ciega para el arrepentimiento final que tan necesario nos será a todos, pues todos somos pecadores. Acabo con una frase de quien ya deberíais saber quién es: Jesús dijo que Él no había venido "a llamar a los justos, sino a los pecadores". Lo que naturalmente no significa que quiera excluir a los justos, sino sencillamente que no los hay. Las personas que no se cuentan entre los pecadores, no existen para la redención [y, podemos añadir junto a san Juan, son mentirosos].
¡Que Dios os bendiga!

Viernes de la III semana de Pascua 

Lectura del santo Evangelio según san Juan (6, 52-59):
En aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».
Entonces Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».
Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.
Palabra del Señor
Comentario al Evangelio
No dejamos el capítulo eucarístico del Evangelio de san Juan. Como ya hemos hablado, no sólo aquí, sino en prácticamente todos lados, de la importancia de la Eucaristía, de su valor infinito, etc., etc., se me ha ocurrido que os puedo acercar la historia del milagro eucarístico más famoso del Camino de Santiago, la historia de Juan Santín, el fraile y Jesús Eucaristía en O' Cebreiro, lugar donde este que os escribe vio claro, por primera vez, que estaba llamado a ser sacerdote.
Nos remontamos, en concreto, a una durísima jornada de invierno de los primeros años del siglo XIV en la que un monje benedictino, que atravesaba una fuerte crisis de fe, se disponía a celebrar la misa como cada mañana. Cada día, si bien en el duro invierno el quorum se reducía a una o dos personas, algunos vecinos de la aldea y de pueblos aledaños subían hasta la cima del monte para acudir a la Eucaristía devotamente, pero aquella jornada no aparecía nadie. La terrible condición climática, con nieve y cierta tempestad, parecía impedirlo. Pero esa impresión que tuvo el sacerdote no era real. 
Y es que, un hombre muy devoto de la Eucaristía, de nombre Juan Santín y vecino de Barxamaior, localidad que no está en la ruta del Camino, por cierto, había salido, como cada día, montaña arriba para asistir a la misa. Ahora bien, en una época en la que faltaban muchos siglos para poder disfrutar de la comunicación instantánea como ahora, Santín no pudo decir que llegaba tarde al benedictino. Éste, creyendo que nadie acudiría al lugar, empezó el Santo Sacrificio en solitario. Cuanto antes acabara, antes podía volver al monasterio a resguardo.
Ya pasada la consagración, el monje, que no veía la puerta, pues en aquella época se celebraba coram Deo, es decir, cara a Dios (por tanto, los fieles quedaban a espaldas del sacerdote), sintió un fuerte portazo. Dice la historia que aquel presbítero pensó mal de Juan Santín, que pensó que estaba loco por haberse atrevido a salir de su aldea en un día tan malo y susurró, no se sabe si en su boca, pero seguro que sí en su corazón incrédulo, que no merecía la pena semejante esfuerzo para ver un poco de pan y vino. Pero el Señor, conociendo sus dudas y premiando el heroísmo de aquel labrador, haciendo un milagro mostró en ese mismo instante esas dos especies, que eran su cuerpo y su sangre pero que parecían pan y vino, en su forma real de cuerpo y sangre. 
Hoy día, en la propia iglesia del Cebreiro, todavía siguen muy presentes los cuatro protagonistas de esta leyenda. Juan Santín y el monje benedictino están enterrados en el lateral del templo prerrománico. De hecho, la tumba del paisano está llena siempre de velas. La del monje, no. Claro, faltan dos protagonistas… ¿no? La primera es la virgen María, pues en esta iglesia se conserva una talla del siglo XII y que, por tanto, estaba en el templo cuando aconteció el milagro. Hay varias versiones de lo ocurrido, pero la más extendida dice que la imagen de la virgen se inclinó mostrando su reverencia ante su Hijo cuando ocurrió el milagro. Y así la vemos hoy, con la cabeza ligeramente inclinada. ¿Y el cuarto? Naturalmente, Jesús Eucaristía. Los restos del milagro se conservan todavía hoy, aunque de manera peculiar. Dice una historia medieval: «Estuvieron mucho tiempo la hostia vuelta en carne en su patena y la sangre en el mismo cáliz donde había acontecido el milagro, hasta que, pasando la reina Doña Isabel [la católica] en la romería a Santiago, y hospedándose en el monasterio del Zebrero, quiso ver un prodigio tan raro y maravilloso, y dicen que entonces, cuando lo vio, mandó poner la carne en una redomita y la sangre en otra, adonde hoy día se muestran» . Así las cosas, en el lugar donde hoy está el altar donde se adora a Jesús en el sagrario hoy día, hay puesta una urna de cristal donde se conservan, en los relicarios, los restos del milagro: un trozo de corporal manchado en sangre y una pequeña partícula de carne seca. Además, cómo no decirlo, se conserva un pequeño cáliz y una patena, que la tradición dice que son los mismos utilizados en aquella misa por el monje benedictino. 
¡Amemos la Santa Misa y la Eucaristía! ¡Que Dios os bendiga!
PD- La casulla de mi primera misa tiene replicado ese mismo cáliz a la altura del pecho en recuerdo de los orígenes de mi vocación sacerdotal. ¡Qué ganas de subir para allá peregrinando para rezar y dar gracias a Dios por tantas cosas buenas!

Jueves de la III semana de Pascua 

Lectura del santo Evangelio según san Juan (6, 44-51):
En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado, Y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».
Palabra del Señor
Comentario al Evangelio
La liturgia nos invita a seguir reflexionando sobre el capítulo eucarístico del Evangelio de san Juan, y hoy nos centramos en esa parte en la que Jesús, claramente, nos dice que Él es el alimento que da la vida eterna, que es su carne entregada la que da la vida al mundo.
No vamos, otra vez, a hablar de la Eucaristía para nosotros, pues ya se ha dicho de todo, sino del hecho de que vivir de Jesús Eucaristía implica hacerse uno mismo Eucaristía. Existencia entregada a Dios en el modo en que Él nos pida. Y es que eso es la gran vocación bautismal a la que estamos todos llamados: entregar nuestra vida como sacerdotes, profetas y reyes, que luego se concretará en un camino concreto. Pero la llamada está clara: si hemos de amar como Jesús amó y Él lo hizo entregando su cuerpo y su sangre (su vida y su muerte), nosotros hemos de hacer lo propio.
¿Cómo hacer esto? Básicamente, haciendo lo que uno debe hacer e irlo amando y eligiendo cada día de un modo un poco más perfecto, no obstante, dice Jesús poco después de este pasaje, el contenido del amor es el cumplimiento de la voluntad de Dios. Hablamos, por tanto, de vocación, del camino al que Dios nos llama cada día. 
Hay un enemigo a la hora de cumplir la voluntad de Dios, y es el hecho de pensar que encontrar la vocación personal no suele consistir en la mera aceptación de un previo designio divino perfectamente cognoscible de un modo claro y unívoco, que no deja lugar a ninguna duda; ni es tampoco una búsqueda a ciegas, en la que la iniciativa personal no cuente para nada. No. El reconocimiento de la vocación es el final de un proceso de escucha que comienza en la oración y se sirve del (a veces poco...) silencio interior. Ver a la luz de Dios los acontecimientos de la vida, la lectura creyente de la Palabra de Dios y la respuesta a toda una historia de vida (que no solución a una vida en la que no sabemos qué hacer en un momento de indefinición y/o tristeza). ¿Por qué? Porque la vocación es SIEMPRE una iniciativa divina, una elección concreta, en la historia. Y esto, como toda llamada, implica una misión: un ‘para qué’ Dios me elige. Aquí aparece la entrega total, en cuerpo y alma, eucarística: hay que entregarse en manos de Dios con libertad. No olvidemos que en la escucha del corazón hay que comenzar un camino hacia el centro de mis afectos más profundos. No a los superficiales, sino a los más profundos, porque sólo ahí, en el centro, está la unión con Dios y, por tanto, el modo en que Él la pretende. La vocación, también, es un camino de plenitud y felicidad, pero no entendida al modo contemporáneo (vive el momento), sino cristiano: vida entregada, sangre derramada, como nos dice Jesús.
Dios propone un plan a cada hombre, pero no se lo impone: la libertad del hombre, al aceptar el plan divino, se conjuga misteriosamente con la gracia de Dios. De ese modo, el hombre acaba fortaleciendo y configurando su propia vocación. Como dice san Pedro: “Hermanos, poned el mayor esmero en fortalecer vuestra vocación y elección” (2 Pedro, 1.10). 
Asimismo, se requiere la compañía y ratificación de alguien de Iglesia. Discernimiento. Sólo hay certeza de vocación cuando Dios la ratifica. Todo lo demás es un creer que uno tiene vocación. Pero la Iglesia ha de ratificarla, no nosotros. Esto es un muy gráfico en la ordenación sacerdotal, cuando el obispo dice aquello de "elegimos a estos hermanos nuestros para el orden". Ellos, la Iglesia, no nosotros. Además de la oración y la compañía de la Iglesia, obviamente, se hace imprescindible la vida sacramental: recibir la gracia eficaz donde Dios la da.
Para ir acabando, unas preguntas que hay que responderse desde la perspectiva que hemos desarrollado: ¿cómo anhelo ser amado?, ¿cómo anhelo amar?, ¿dónde y cómo descansa mi corazón?
Finalizo, sin desarrollar: dificultades para oír la llamada de Dios: individualismo, sentimentalismo, superficialidad, provisionalidad, impaciencia.
El amor, por último, quiero decir que es bien y es belleza. Precisamente acabo con una frase del gran Dostoievski en Los hermanos Karamazov: “La belleza es una cosa terrible. Por ella pelean Dios y Satanás y el campo es mi corazón”. El amor no es fácil, sacar adelante una vocación no es fácil, pero si atendemos a que Dios lucha por nosotros venceremos. La vocación es, de todo, menos un camino de rosas. Solos no podemos.
¡Que Dios os bendiga!
PD- En toda vocación, también en la matrimonial, hay un camino de virginidad que sólo Dios puede llenar, pues ninguna persona puede darnos en plenitud lo que nuestro corazón, hecho a imagen de Dios, anhela.
PD2- Sé que hoy me dejo muchas cosas abiertas, pero se trata de meditar y entrar allí donde Dios quiera, no escribir un tratado vocacional.

Miércoles de la III semana de Pascua 

Lectura del santo Evangelios según san Mateo (11, 25-30):
En aquel momento tomó la palabra Jesús y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
Palabra del Señor
Comentario al Evangelio
Celebramos hoy la festividad de santa Catalina de Siena, una mujer de raza que cambió, con su santidad y carácter, la historia de la Iglesia. En un tiempo en que el papado estaba en una crisis salvaje y los Sumos Pontífices habían dejado Roma, su tenacidad consiguió la reflexión del Papa y su vuelta al corazón de la cristiandad.
Muchas veces poder tender a pensar que la vehemencia es un mal, que no hay que ser exagerados. Y, para muchas cosas, es cierto, pero contra el pecado, contra el desorden, y de la mano de la caridad, toda vehemencia es poca. El problema es que hay que estar muy bien anclado en el Señor para hacer lo uno y lo otro, pues esa gran enemiga llamada soberbia siempre anda rondando buscando a quien devorar, como dice la carta de san Pedro del diablo.
Dejó escrito la santa: "El alma que vive virtuosamente, planta la raíz de su árbol en el valle de la verdadera humildad, en cambio los mundanos la ponen en el monte de la soberbia; están mal plantados, y por eso no producen frutos de vida, sino de muerte". Quizás en esta frase de tan gran santa encontremos el motivo de por qué tantas veces fracasamos en nuestros ímpetus apostólicos o apologéticos: cuando el 'yo' empieza a imperar es como si Dios se viera obligado a retroceder. Es algo bastante matemático. Por eso Jesús critica a los "sabios y entendidos". No por serlo, sino poner su opinión por encima de la verdad, intentando hacer de su opinión la verdad sin paliativos. 
Cuántas veces la absolutización de la opinión nos lleva a que gente se aparte un poco de nosotros o que no nos haga caso en temas que pueden llegar a ser bastante importantes. Las formas, aunque sin el contenido no sean prácticamente nada, importan.
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Aprovechando otra cita de la santa, quiero hacer otra breve reflexión, aunque aparentemente me salga del tema: “Una cosa te pido, y es que no te dejes llevar por excesivos consejos. Es mejor que elijas un consejero que te aconseje sinceramente, y seguirlo. Cosa peligrosa es acompañar a muchos”.
Más claro, agua. Elegir bien a los maestros es uno de los artes de la vida. Saber quién nos puede entender mejor y poniéndonos en tensión de santidad, con exigencia, claro. Pero con caridad, siempre con caridad. Y escoger uno, nada de ir picoteando de opinión en opinión hasta dar con quien me dice lo que quiero. Puedo prometer y prometo que, si hubiera hecho eso de ir buscando opiniones hasta encontrar la que me convenía a cada momento, yo hoy no sería cura. Hay que fiarse de la gente que Dios trae a nuestra vida, sabiendo que el director espiritual no es la voz de Dios en la propia vida (rezamos siempre por vosotros, pero, no, nos tomamos cafés con el Espíritu Santo en los que repasamos la vida de la gente y Él nos da instrucciones precisas de qué deciros), sino que más bien ha de ser un espejo en el que veamos cómo estamos y un consejero, breve pero certero, en el arte de ir puliendo nuestra santidad. Qué importante es encontrar un buen director que nos comprenda y exija, pero también qué fundamental es la sinceridad a la hora de mostrar, con naturalidad, lo que uno lleva dentro. 
¡Que Dios os bendiga!
PD- Hoy hace, exactamente, dos años de mi primera misa. La foto cabecera de este blog es de aquel día. ¡Rezad por la fidelidad de todos los sacerdotes!

Martes de la III semana de Pascua 

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (7,51–8,1a):
En aquellos días, dijo Esteban al pueblo y a los ancianos y escribas: «¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo, lo mismo que vuestros padres. ¿Hubo un profeta que vuestros padres no persiguieran? Ellos mataron a los que anunciaban la venida del Justo, y ahora vosotros lo habéis traicionado y asesinado; recibisteis la ley por mediación de ángeles y no la habéis observado».
Oyendo sus palabras se recomían en sus corazones y rechinaban los dientes de rabia. Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijando la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo: «Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios».
Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos dejaron sus capas a los pies de un joven llamado Saulo y se pusieron a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación: «Señor Jesús, recibe mi espíritu».
Luego, cayendo de rodillas y clamando con voz potente, dijo: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado».
Y, con estas palabras, murió.
Saulo aprobaba su ejecución.
Palabra de Dios
Comentario a la lectura
El martirio de Esteban es uno de los pasajes más conocidos del libro de los Hechos, probablemente junto a la conversión de Saulo. Esteban dio un testimonio de la Verdad casi irrepetible. Su firmeza en la fe contrasta con nuestra debilidad, pero creo que es un espejo que, aunque nos delate, debemos mirar con esperanza.
Parece complicado, en un mundo ciertamente descreído, pero ahí hemos de recordar que es Él y sólo Él quien lleva las riendas de nuestra vida. Que, como gustaba decir al entrañable papa san Juan XXIII, "Dios es todo: yo soy nada. Y por hoy basta". La sencillez de corazón para centrarnos únicamente en lo importante, que es Dios. Si descartamos lo secundario para centrarnos en lo vital, nos estaremos capacitando para testimoniar, como Esteban, nuestra fe, y dar la vida si fuere menester. Siempre, claro está, desde esa actitud del corazón de Cristo que nos revela, especialmente, el sermón de la montaña. Duele, sí, claro que duele amar a los enemigos, pero Jesús nos lo pide. Duele, sí, poner la otra mejilla, no mirar a la gente por el mal que nos han hecho, pero Jesús nos lo pide. Duele, sí, ver cómo somos perseguidos veladamente, pero Jesús nos pide que oremos por los que nos persiguen. Y así podríamos seguir.
No podemos renunciar al testimonio cristiano, ese que sabe que sólo la Verdad brilla en las tinieblas. En un mundo fake, renunciemos al "y tú más", a la mentira, pues el fin no justifica los medios jamás. ¿Alguien se imagina al Señor, a Pedro o a Esteban inventándose cosas para defenderse de la mentira? ¡No! El mártir es coherente con la Verdad y a ella se somete. Sólo cuando los cristianos nos alejamos de ella vienen los graves problemas. Es lo que ha pasado en ciertos momentos de la historia, pero hemos de amar el proclamar la verdad, cuya expresión más profunda es el testimonio del Dios trino.
En una de las catequesis que impartió como Papa, Juan Pablo I, hablando sobre las verdades de la fe, dijo: "Yo estaba presente cuando el papa Juan inauguró el Concilio el 11 de octubre de 1962. Entre otras cosas, dijo: “Esperamos que con el Concilio la Iglesia dé un salto hacia delante”. Todos lo esperábamos. Un salto hacia adelante, pero ¿por qué caminos? Lo dijo enseguida: sobre las verdades ciertas e inmutables. Ni siquiera le pasó por la cabeza al Papa Juan que eran las verdades las que tenían que caminar, ir hacia adelante, y después cambiar, poco a poco. Las verdades están ahí; nosotros debemos andar por el camino de estas verdades, entendiéndolas cada vez mejor, poniéndonos al día, presentándolas de forma adecuada a los nuevos tiempos".
Amemos la verdad, a Cristo, por encima de todas las cosas, y Él se encargará de llevarnos a buen puerto, como hizo con Esteban. Ahí no hay una lapidación sin más, ahí los ojos de la fe nos dicen que hay unas puertas del Cielo abiertas de par en par. Esa visión de eternidad es la única que nos salvará. A nosotros y a nuestros hermanos los hombres de buena voluntad.
¡Que Dios os bendiga!

Lunes de la III semana de Pascua 

Lectura del santo Evangelios según san Juan (6, 22-29):
Después de que Jesús hubo saciado a cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el mar. Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar notó que allí no había habido más que una barca y que Jesús no había embarcado con sus discípulos, sino que sus discípulos se habían marchado solos.
Entretanto, unas barcas de Tiberíades llegaron cerca del sitio donde habían comido el pan después que el Señor había dado gracias. Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.
Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?».
Jesús les contestó: «En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios».
Ellos le preguntaron: «Y, ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?».
Respondió Jesús: «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado».
Palabra del Señor
Comentario al Evangelio
Más o menos, tenemos claro que Jesús es el Señor y que debemos conformar nuestra vida a Él como norma suprema en el actuar, en el pensar y en todo. Pues bien, hoy nos topamos, de fondo, con un obstáculo que siempre, absolutamente siempre, acaba apareciendo en la vida espiritual: las turbulencias de nuestra fe.
Esto se puede dar, principalmente, en tres vertientes. El dudar de la existencia de Dios al contemplar el mundo en general, con tanto caos, tormentas destructivas, terremotos, etc., etc. Ya sabemos, la típica pregunta: ¿cómo Dios permite o manda esto? Pero de esto no vamos a hablar hoy. La fe se puede tambalear, asimismo, por razón del pecado ajeno, especialmente de los miembros de la Iglesia (como si nosotros no lo fuéramos...). Y, por último, está nuestro pecado, nuestra debilidad y la comparación de esta realidad con la perspectiva del hombre pleno que nos regala el Evangelio. Es en ese instante cuando la última parte del Evangelio de hoy se nos atraganta: ¿cuáles son las obras de Dios? Jesús dice aquí: «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado» y, en otro Evangelio, yendo a lo práctico, desarrolla, partiendo de su persona, todo un programa de vida, actitud del corazón y ético: el sermón de la montaña.
Ahí tenemos el manual de instrucciones que nos ha dado Aquel en quien hemos de creer porque Dios Padre lo ha enviado. Y aquí es donde entra el brutal desánimo. Cualquiera que lea el sermón de la montaña, tanto en su versión en Mateo como la de Lucas, se da cuenta de que estamos muy lejos de vivir lo que el Señor nos dice. ¡Y nos podemos desanimar! Y pensar que todo ello es para personas puras. También nos pasa que, con muy buena intención, nos proponemos altas metas y tardamos dos días en incumplirlas. Es la vida del cristiano. En este sentido, para meditar, os dejo un pasaje del libro 'El Señor', de Romano Guardini (¡una vez más!), que aporta mucha luz a la hora de cómo enfocar la vida cristiana, ese actuar conforme a lo que Jesús nos ha dicho, sin desánimos innecesarios. Tampoco porque haya gente que aparente ser pluscuamperfecta o vaya de justiciera del prójimo. Está hablando de esa parte del sermón que habla del amor al prójimo, incluso al enemigo:
«Podrás decir: ¡Yo no puedo amar a mi enemigo!... Pero sí puedes proponerte no odiarlo. Eso ya es un comienzo del amor... Pero, si tampoco eso resulta, procura al menos que la aversión no llegue a expresarse en palabras. Eso ya sería un paso hacia el amor... Ahora bien, ¿no sería debilitar la exigencia? ¿No se trata aquí de todo o nada? Digámoslo abiertamente: los partidarios del "todo o nada" rara vez parecen vivir de acuerdo con su rigidez. Su actitud incondicional huele a menudo a retórica... No, lo que el sermón de la montaña exige no es un "todo o nada", sino que hay un comienzo y un proceso, un caer y levantarse. Entonces, ¿qué es lo que importa, realmente? Está bien claro: que no se entienda el mensaje como un mandamiento rígido, sino como una exigencia viva y una fuerza eficaz. De lo que se trata es de una relación viva del creyente con Dios que se va encarnando poco a poco a lo largo de la vida; de un encuentro que debe iniciarse y progresar».
¡Que Dios os bendiga!

Domingo III del tiempo de Pascua 

Lectura del santo Evangelios según san Lucas (24, 13-35):
Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios;
iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: «Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo: «¿Qué?».
Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?». Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Palabra del Señor
Comentario al Evangelio
Dice un antiguo adagio de los primeros cristianos, de aquellos que vivían bajo persecución, que sin el domingo no podían vivir. Y es que el domingo, ya desde la era apostólica, pasó a ser el centro de la vida de aquellos que creían que Jesús había resucitado al tercer día de su muerte, el primer día de la semana, esto es, el domingo, que pasa a ser expresión de la resurrección, que en este tiempo de Pascua, no lo olvidemos por la cuarentena, conmemoramos.
Obviamente nosotros celebramos el domingo como el día del Señor debido a esta realidad, en parte histórica, pero que supera el espacio/tiempo en que la historia se realiza, pero cabe preguntarse si no estaremos perdiendo el sentido del domingo. Tanto en este encierro como antes y después del mismo. Cabe preguntarse: ¿podemos vivir sin el domingo? Y la respuesta, que puede ser teórica o existencial, debería ser en ambos casos un ‘no’ rotundo: ‘sin el domingo no podemos vivir’. Pero, no nos engañemos, muchas veces el domingo era más un día de evasión laboral que una jornada para regalar al Señor; en lugar de descansar en el Señor, cumplíamos el precepto y nos olvidábamos de todo un poco.
Profundizando en la dimensión bíblica del significado de la semana como obra de Dios, debemos advertir que el día de descanso de Dios es el sábado, como así lo celebraron siempre nuestros padres en la fe. El sabbat es el día en que Dios reposa en la creación, el día en que contempla cómo “todo era bueno”, que dice el Génesis. Y esto sigue vigente. Pero, tras la creación, el hombre pecó y el mal entró en el mundo como dinámica interna que desune y destroza la armonía de lo que es bueno. Así, se hacía fundamental que Dios mantuviera su alianza primigenia con el hombre, que es lo que Jesucristo nos ha revelado con su resurrección: el Señor nos dice, en el primer día de la semana, que la muerte no tiene la última palabra, que la bola de mal se acaba, que Él puede hacer nuevas todas las cosas, que Él puede recrear el mundo, que para Él no hay séptimo día sin más, sino que hay un octavo en el que la muerte ha sido vencida y, así, se nos abre la puerta a la plena satisfacción de nuestros deseos, del amor pleno y verdadero, no del sucedáneo que tantas veces se nos quiere vender. En el octavo día se nos regala la promesa de que volveremos a estar por toda la eternidad con quienes aquí hemos querido; en el domingo se nos da la eternidad, la libertad definitiva. ¡Esto es la Pascua! Antes, la memoria de la salida de la esclavitud de Egipto; ahora, de la salida de la esclavitud del pecado. En resumen, el domingo es conmemoración de la resurrección y todo lo que ella conlleva. Que la salida que comenzamos a vislumbrar de este encierro la vivamos con este espíritu pascual: liberación para vivir del Señor más que nunca.
El domingo, como día de la nueva creación, por tanto, se nos muestra la plena continuidad con el antiguo sábado: es como si Dios, pese al pecado, reafirmara ese todo es bueno del que hablaba antes. Decían algunos de los primeros autores cristianos que hay que pasar el día del Señor en alegría festiva y guardar el antiguo Sabbat de un modo espiritual.
El domingo, también, es el día en que Cristo nos muestra el significado del verdadero amor:
- El domingo es eternidad: no muere. Es señal del tiempo escatológico.
- Se ama en cuerpo y alma. No se vive el domingo un rato o, en condiciones normales, sin ir físicamente a la Iglesia a estar con Él.
- Es el día de la sobreabundancia: se vive de lo trabajado otros días, como en el Cielo se recogerá todo el amor que se ha sembrado durante la vida y viviremos de él.
- El amor es familiar. El domingo es un día de familia.
- El amor es libre para ser entregado, como Dios nos entregó este día y nosotros se lo queremos devolver.
El caso es: nosotros, ¿vivimos de esto o somos esclavos?, ¿qué es para nosotros el domingo: un día de culto a Dios y de familia o vivimos de la depresión del domingo por la tarde y nos amodorramos y tiramos el día del Señor a la basura? Ya sabéis: sentimientos de apatía, tedio y sensación de vacío los domingos por la tarde, que anticipan la rutina agitada de la semana. En esta cuarentena sería: ¿lo vivo de veras o es un día más, pero sin colegio de los pequeños de la casa o sin clases sin más, por lo que tengo más tiempo para hacer "mis" cosas? ¿Vivimos el domingo desde la dimensión normativa, desde el “hay que ir a Misa porque toca” (aunque sea vía tv) o desde la dimensión del amor?
Renunciar al domingo es renunciar a gritar que Jesús ha resucitado; no vivir para el domingo es vivir para la esclavitud; no vivir el domingo es no vivir de Cristo; renunciar al domingo es rechazar el ejemplo de los mártires. ¡No podemos renunciar al domingo! ¡Tenemos que redescubrir el tiempo dedicado al Señor! Y esto sólo se puede hacer desde la contemplación evangélica del Señor resucitado, que hace nuevas todas las cosas, haciendo la experiencia de Emaús: caminar junto a Él y abrir el corazón para que sepamos reconocerle en lo más importante de la vida, como de todo domingo en especial, la fracción del pan, la misa.
¡Que Dios os bendiga!

Fiesta de san Marcos, evangelista 

Lectura del santo Evangelios según san Marcos (16, 15-20):
En aquellos días, dijo Jesús a sus discípulos: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos».
Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.
Palabra del Señor
Comentario al Evangelio
Celebramos hoy la fiesta san Marcos, uno de los cuatro evangelistas. Familia de san Bernabé, compañero de san Pablo en algunos instantes y hombre de confianza de san Pedro en Roma. ¡Casi nada!
En cierto sentido, se puede decir que los evangelistas contaron sus vidas, sus peripecias, desde la perspectiva del paso de Jesús en ellas. Sea desde la personal, en este caso la de Marcos, sea lo que escuchó en primera persona de Pedro o lo que sea, pero estamos ante las experiencias humanas vividas y recordadas, a la luz del Espíritu Santo. Más todavía: el mismo texto escriturístico es el cumplimiento, por parte del autor, del mandamiento del Señor que hemos leído hoy: «Proclamad el Evangelio a toda la creación».
Nuestra tarea es convertir nuestra vida en un Evangelio, dejar que los otros sean Cristo para nosotros cuando toca, ungiéndoles los pies, dándoles de comer, de beber, etc.; y, en ocasiones, aceptar ser Cristo para los demás, especialmente cuando estamos enfermos y necesitamos que sea el prójimo quien, al vernos enfermos y necesitados, nos asista, permitiendo que sea ayudano a Aquel que dijo que, cada vez que hacemos una obra de caridad con quienes lo necesitan, a Él se lo hacemos. ¡Por eso es tan importante dejarse ayudar cuando lo precisamos! Dios también nos utiliza a nosotros de mediadores.
Esta arte de ir reconociendo por dónde se nos muestra el Señor en nuestro día a día es una de las claves de santidad. Vernos inmersos en el mundo de Jesús y no en el nuestro. Cambiar radicalmente de epicentro. Claro que no vamos a estar pensando todo el día, como si fuéramos inspectores o exploradores, que a ver dónde está el Señor las 24 horas del día (sobre todo porque es imposible dicha concentración). No, verdaderamente todo eso es mucho más sencillo: basta con hacer lo que hay que hacer en cada momento, que parte de la base de amar al Señor sobre todas las cosas, lo cual, a su vez, se traduce en vida de oración, obras de misericordia y caridad, servicio, cierta mortificación, etc. ¡Jesús es mucho más sencillo de lo que nos planteamos demasiadas veces! No compliquemos la fe y procuremos vivir la virtud de la santa simplicidad. Para ello, lo tenemos tan fácil, al menos sobre el papel, como aceptar lo que la Iglesia manda, permite (viendo la divina Providencia tras de tantas cosas...), renunciar a imponer el gusto personal por encima del eclesial y amémosla de verdad, permitiendo, también, a Pedro atar y desatar en lo que el Señor ha puesto en sus manos.
Si somos fieles a las pequeñas cosas el Señor se manifestará a buen seguro e iremos abriendo esos ojos del corazón que nos descubran horizontes de santidad.
¡Que Dios os bendiga!

Viernes de la segunda semana de Pascua 

Lectura del santo evangelio según san Juan (6,1-15):
En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del mar de Galilea, o de Tiberíades. Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos.
Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos.
Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos y, al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: «¿Con qué compraremos panes para que coman estos?».
Lo decía para probarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer.
Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo».
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?».
Jesús dijo: «Decid a la gente que se siente en el suelo».
Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; solo los hombres eran unos cinco mil.
Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado.
Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se pierda».
Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: «Este es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo».
Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.
Palabra del Señor
Comentario al Evangelio

El de hoy es el gran texto eucarístico del evangelio de Juan, que no recoge la institución de la Eucaristía. Hemos escuchado en boca de Jesús los mismos verbos que luego utilizó en la Última Cena: tomar los panes, pronunciar la acción de gracias y repartir. Así, ahora mismo podemos decir que estamos en la multiplicación de los panes y los peces, la santa misa.

Podríamos fijarnos en muchas cosas de este rico texto, pero, Jesús a un lado, hay un personaje clave sin el cual no tendríamos este milagro eucarístico: el chico que tiene cinco panes y dos peces y los entrega a los apóstoles para que Jesús haga con ellos lo que estimara oportuno.

La gran pregunta es dónde y cómo hacemos nosotros lo propio, dónde ponemos en juego nuestros cinco panes y dos peces. Y la respuesta es dentro de la misa, en la presentación de las ofrendas. Es el lugar donde el pueblo, cuando hay procesión de ofrendas, pone lo que tiene en manos del sacerdote para que éste lo ponga sobre el altar, que significa a Cristo en la santa misa. Por tanto, haciendo la analogía con el evangelio de hoy, los fieles son como el muchacho, el sacerdote es como los apóstoles y Dios es quien multiplica los dones que serán repartidos en la comunión.

Así que hoy vamos a hablar de la presentación de las ofrendas, el antiguo ofertorio. Más en concreto en la actitud que todos debemos tener para vivirlo. Por un lado, tenemos la presentación del pan y del vino, por otro la mezcla del agua en vino y, por último, una oración secreta que dice el sacerdote y el lavabo. La oración sobre las ofrendas ahora no procede.

Ofrecemos el pan, que es un alimento que une los dones de Dios y el trabajo del hombre. El pan precisa un trigo molido, como Cristo en la cruz, como nosotros en nuestras tribulaciones o, por qué no, en aquellas cosas que precisan simplemente lo mejor de nosotros, todo nuestro esfuerzo, todo lo que tenemos, nuestro cinco panes y dos peces. En el pan ponemos de corazón esto y nuestro trabajo, sea en una empresa, en casa o donde sea.

Después, ofrecemos el vino en el cáliz, que será la sangre del Señor. Ofrecer la sangre es ofrecer lo más sagrado que tiene el hombre, que es la propia vida, su momento final, la muerte. Es ofrecer al Señor la disponibilidad de dársela. Es decirle: Señor, tú has dicho que el amigo da la vida por el amigo y yo cada vez que voy a misa quiero decirte lo propio y renovarlo cada día.

Y esto desde una actitud interior que en la antigua liturgia se expresaba de modo más explícito y que ahora dice en secreto el sacerdote después de la presentación de las ofrendas y antes del lavabo: Acepta, Señor, nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde, que esta sea hoy nuestro sacrificio agradable en tu presencia, Señor Dios nuestro. Esto nos enseña que la gran ofrenda es, precisamente, poner en la patena toda nuestra vida desde la actitud que expresa esta oración secreta: desde un corazón contrito, molido como el trigo para que haya pan, desde un espíritu humilde y confiado en Dios. En el ofertorio nos ponemos en brazos de Dios como un niño en brazos de su madre; y lo hacemos dispuestos a entregar la vida.

¿Y la gota de agua en el vino? Significa la humanidad unida a la divinidad, petición que le hacemos a Dios en ese momento los sacerdotes también en secreto: Por el misterio de esta agua y este vino, haz que compartamos la divinidad de quien se ha dignado participar de nuestra humanidad. Es decir, estamos diciéndole al Señor: Haznos una y la misa cosa contigo, que nuestra identidad se pierda en la tuya como la gota de agua se pierde en el vino que se va a convertir en tu sangre. Después, el lavabo y otra frase secreta más: Lava del todo mi delito, Señor, limpia mi pecado. Pedir al Señor pureza de corazón y de cuerpo para poder entregarnos a Él del mejor modo posible.

Esto es lo que hizo el joven que da todo lo que tenía. Esto es lo que debemos hacer nosotros en misa y, en particular, en la presentación de las ofrendas. Sé que dejo mil cosas por decir, pero, ojalá, os haya conseguido hacer ver que no se trata de un momento de transición en la misa en que el presbítero actúa y los demás veis mientras buscáis algún dinero que dar para la Iglesia y sus necesidades. No, es el momento de poner todo nuestro ser, nuestras intenciones, lo triste y lo bello de nuestra vida, en el altar, en Cristo, para que en la Consagración queden asumidas a Él como propias por la acción del Espíritu Santo. Y así, finalmente, pedir humildemente, como dice el canon Romano, que esta nueva ofrenda sea llevada hasta el altar del Cielo, a la presencia del Padre, por manos de tu ángel.

PD- Evidentemente no todo es Coronavirus y no vamos a dejar de hablar de la Eucaristía por no poder asistir. ¡Alimentad el deseo!

¡Que Dios os bendiga!

Jueves de la segunda semana de Pascua 

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (5, 27-33):
En aquellos días, los apóstoles fueron conducidos a comparecer ante el Sanedrín y el sumo sacerdote los interrogó, diciendo: «¿No os habíamos ordenado formalmente no enseñar en ese Nombre? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre».
Pedro y los apóstoles replicaron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. Dios lo ha exaltado con su diestra, haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que lo obedecen».
Ellos, al oír esto, se consumían de rabia y trataban de matarlos.
Palabra de Dios
Comentario al Evangelio
Hay una frase de san Pedro que daría para toda una vida de oración, pues constituye el núcleo de la respuesta del hombre al amor de Dios: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». El mensaje de san Pedro en la lectura de los Hechos nos muestra, una vez más, una cosa que es básica en la vida cristiana y en la vida en general: que cada uno debe saber ocupar y aceptar su lugar en la vida. Y que Dios es lo primero y absolutamente normativo sin discusión. No es fácil, pero vamos a intentar enfocar bien este asunto desde tres aspectos que, de no enfocar bien, pueden perturbar nuestra santidad: obediencia, autoridad y los roles.
La autoridad, en la Escritura, queda muy clara: la única potestad sobre todo la tiene Dios y aquel a quien Él se la quiera dar. Nadie puede erigirse poderes que no le competen ni intentar ocupar el papel de Dios en la vida de nadie. Esa fue la tentación del Paraíso: seréis como dioses. Y ya sabemos cómo acabó la cosa: expulsados del Paraíso e impedidos para comprender la realidad tal y como Dios la ve y acusando unos hombres a otros, como Adán hizo con Eva.
Por eso no podemos dar autoridad a cualquiera. No podemos seguir a la primera persona que se nos cruce por el camino, sino sólo a aquellas personas/instituciones que reflejen, de un modo u otro, la única autoridad, que es la de Cristo. Por eso la Iglesia merece autoridad, porque se la dio Jesús y porque es su cuerpo.
Y uno podrá decir: hay autoridades legítimas que están en contradicción con la ley natural. Sin ir más lejos, Herodes y Pilatos. Pero el Señor hizo de esos despotismos un camino de santidad y, sobre todo, caigamos en la cuenta de que esas autoridades eran civiles y no morales. De poco sirve esa autoridad, derivada de la legítima autonomía de las cosas temporales, por otra parte, para lo único que importa. La autoridad tiene ámbitos y límites: nadie puede pedirnos lo que no debe.
Y derivada de la autoridad llega la obediencia. Si hemos dicho que la autoridad pertenece a Dios, con la obediencia pasa exactamente lo mismo. En los Hechos de los Apóstoles se repite varias veces: hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Más claro, agua. Por tanto, ¿hay que obedecer lo inmoral? No. De hecho, eso no sería obedecer, sino más bien todo lo contrario, pues quien manda es Dios. 
¿Y si nos deben obediencia a nosotros? Realismo: nadie puede pretender ser obedecido si no ha ejercido una justa autoridad. Los déspotas no merecen confianza y si se les obedece es porque hay una obediencia a Dios o un mal mayor detrás. Dice la Escritura: El altanero no triunfará. Y para entender esto hay que cambiar esquemas.
A veces los mayores no entienden a los jóvenes con esto, y eso es porque para los jóvenes la obediencia ya no es jerárquica, sino moral. Hacer lo que otros digan sin más ya no sirve, por mucho que tengan tal o cual puesto, especialmente fuera de la familia. Esto, que tiene su parte mala, pues a veces las tiranías, como hemos visto, son un camino de santidad para el que las sufre, también tiene su punto positivo, pues si por moralidad entendemos la ley moral de Dios (el Decálogo) y la ponemos como base de todo nuestro obrar, todo cambia para bien. Newman decía aquello de que brindaba por la conciencia (bien formada) antes que por el Papa. Es esto: no hay persona en el mundo que pueda dictar algo que vaya contra el parecer de Dios. La obediencia ciega, sin amor, sin libertad, sin Dios, no es tal. La tiranía no es admisible bajo ningún concepto.
Y realismo, objetividad en las relaciones conforme a unos roles naturales y justos. Cada cual ha de ocupar su lugar para no provocar desórdenes. Un ejemplo fácil y que os he dicho alguna vez: una madre que es amiga de su hija la deja huérfana de madre. Una cosa que veo en ocasiones en algunos jóvenes a los que acompaño: ¡a cuántos de ellos sus padres les exigen que sean padres de sus hermanos o señoras de la casa! Recuerdo también, cuando estaba inmerso en el mundo del fútbol de cantera madrileño, cuántos padres querían de sus hijos un yo proyectado al ideal. Esto no puede ser. Cada cual ha de ocupar su lugar: si uno ha tenido hijos, que sea responsable y sea padre. Del mismo modo que uno, si es hijo, debe respeto y veneración a sus padres. Pero eso: cada cual desde su rol y sin exigir al otro lo que no deben dar de suyo.
¿Cómo vivimos nosotros todo esto?
¡Que Dios os bendiga!
PD- Por un día que pasemos de la cuarentena tampoco pasa nada... ¡al revés!

Miércoles de la segunda semana de Pascua 

Lectura del santo evangelio según san Juan (3, 16-21):
Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios. Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.
Palabra del Señor
Comentario al Evangelio
Cuando leía la siguiente frase del Evangelio de hoy: «Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras», me acordaba de una frase que leí hace un par de días en mi relectura de El Señor, de Romano Guardini. Os la comparto porque merece la pena meditarla, pues, al igual que hablábamos de la figura de Judas, nos desenmascara a todos con una facilidad pasmosa:
El escándalo rara vez aparece desnudo, como lucha abierta y declarada contra la santidad de Dios. Por lo general se oculta, dirigiéndose contra algún hombre que es portador de esa santidad: contra el profeta, contra el apóstol, contra el santo, contra el hombre de convicciones religiosas. Un individuo así llega a ser verdaderamente irritante. 
Hay algo en nuestro interior que no soporta esa existencia a la que está obligado un santo. Se rebela contra ello. Incluso trata de justificarse apelando a las cotidianas deficiencias del hombre. Por ejemplo, a sus pecados: Ése no debería hacer bandera de la santidad; o a sus debilidades, que después se agrandan malévolamente en la mirada torva del rechazo; a sus excentricidades: nada más irritante que las manías de un santo. En resumen, se apela al hecho de que se trata de un hombre que, por naturaleza, está anclado en la finitud. (Romano Guardini. El Señor, p. 82).
Y aquí va un episodio de las Florecillas de san Francisco, verdaderamente elocuente:
Se hallaba San Francisco en el lugar de la Porciúncula con el hermano Maseo de Marignano, hombre de gran santidad y discreción y dotado de gracia para hablar de Dios; por ello lo amaba mucho San Francisco. Un día, al volver San Francisco del bosque, donde había ido a orar, el hermano Maseo quiso probar hasta dónde llegaba su humildad; le salió al encuentro y le dijo en tono de reproche:
- ¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti?
- ¿Qué quieres decir con eso? -repuso San Francisco.
Y el hermano Maseo: Me pregunto ¿por qué todo el mundo va detrás de ti y no parece sino que todos pugnan por verte, oírte y obedecerte? Tú no eres hermoso de cuerpo, no sobresales por la ciencia, no eres noble, y entonces, ¿por qué todo el mundo va en pos de ti?
Al oír esto, San Francisco sintió una grande alegría de espíritu, y estuvo por largo espacio vuelto el rostro al cielo y elevada la mente en Dios; después, con gran fervor de espíritu, se dirigió al hermano Maseo y le dijo: ¿Quieres saber por qué a mí? ¿Quieres saber por qué a mí? ¿Quieres saber por qué a mí viene todo el mundo? Esto me viene de los ojos del Dios altísimo, que miran en todas partes a buenos y malos, y esos ojos santísimos no han visto, entre los pecadores, ninguno más vil ni más inútil, ni más grande pecador que yo. Y como no ha hallado sobre la tierra otra criatura más vil para realizar la obra maravillosa que se había propuesto, me ha escogido a mí para confundir la nobleza, la grandeza, y la fortaleza, y la belleza, y la sabiduría del mundo, a fin de que quede patente que de Él, y no de creatura alguna, proviene toda virtud y todo bien, y nadie puede gloriarse en presencia de Él, sino que quien se gloría, ha de gloriarse en el Señor (1 Cor 27-31), a quien pertenece todo honor y toda gloria por siempre.
El hermano Maseo, ante una respuesta tan humilde y dicha con tanto fervor, quedó lleno de asombro y comprobó con certeza que San Francisco estaba bien cimentado en la verdadera humildad.
En alabanza de Cristo. Amén.
¡Que Dios os bendiga!

Martes de la segunda semana de Pascua 

Lectura del santo evangelio según san Juan (3,7b-15):
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».
Nicodemo le preguntó: «¿Cómo puede suceder eso?».
Le contestó Jesús: «¿Tú eres maestro en Israel, y no lo entiendes? En verdad, en verdad te digo: hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero no recibís nuestro testimonio. Si os hablo de las cosas terrenas y no me creéis, ¿cómo creeréis si os hablo de las cosas celestiales? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.
Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna».
Palabra del Señor
Comentario al Evangelio
El episodio del encuentro entre Jesús y Nicodemo nos lleva, aparentemente al tiempo de Cuaresma, de espera de la cruz. Y, si bien es cierto que estamos en Pascua y que nos centramos en el Resucitado, lo cierto es que la realidad que vivimos parece imponerse sobre el tiempo litúrgico que celebramos. Sin embargo, una vez más, hemos de reconocer el mismo misterio, plenamente en continuidad, del Jesús terreno y del resucitado.
Porque la solución a todos nuestros males está en Él. En mirar cómo sufrió y murió por nosotros y ser conscientes de que, inexplicablemente, ""hemos merecido"" que Dios pasara todo eso por nosotros, algo que nos tiene que llenar de confianza. Si Dios hizo eso por mí, ¿qué no seguirá haciendo hoy? Y, si Él tenía que pasar por eso para que todo el que crea en Él tenga vida eterna, ¿por qué huir de la cruz en este momento de cuarentena en el que lo podemos estar pasando, cuanto menos, regular?, ¿acaso no podemos ver todo esto como un algo que tenemos que pasar para tener vida eterna?
Mi respuesta, particular, es que sí. Algunos tienen miedo en llamar a eso castigo; otros están obsesionados en que es un castigo sí o sí. Creo que no se trata de pensar en qué palabra define mejor esta permisión de Dios. Lo importante es que el Señor ha permitido todo esto para que que espabilemos y nos convirtamos. Lo demás, verdaderamente, es secundario. Hay coronavirus para que le miremos a Él y nos olvidemos de pasarnos la vida con los ojos puestos en los demás. Es tiempo de mirarnos a nosotros mismos, a observar el pecado que llevamos dentro, al corazón desviado que tenemos, precisamente, porque no miramos al Hijo del Hombre elevado para darnos vida.
No nos confundamos, porque, entonces, haremos de este tiempo un periodo en el que crezca nuestro odio político, personal, etc., pensando, muchas veces, que es que estamos defendiendo el bien. Ahí, si nos pasa eso, quizás el mal haya ganado la batalla. Suena fuerte esto que he dicho, pero  a veces nos puede pasar y, de hecho, hay persona muy buenas que me han reconocido que algo de esto les ha pasado un poco.
Nosotros hoy, sencillamente contestemos a una simple pregunta para ver si estamos mirando al Señor o nos estamos mirando a nosotros mismos. ¿Hemos hecho algún acto de reparación por amor al Señor en vistas de tanto pecado como se ha desatado? Si la respuesta es que no, entonces hay que pensar honestamente si estamos enojados por opinión personal y no por amor a Jesucristo. Quien ama a Cristo tiene espíritu de reparación, que tantas veces, por cierto, pasa por saber callar el justiciero interior que llevamos dentro. El cristiano sabe que, en este tiempo, vale mucho más la oración por el injusto que hace el mal que mil pensamientos fatuos que, en el fondo, sólo nos hacen mal.
Miremos a Cristo una vez más y aprovechemos estos 20 días que nos quedan, según parece, de confinamiento severo, para tener una intimidad con Él como Él desea.
¡Que Dios os bendiga!